De fábulas y cuentos

De fábulas y cuentosNuestra cultura está llena de leyendas, de cuentos, de historias que circulan de boca en boca. Según una reciente investigación, parece que los mismos cuentos han servido para educar generaciones de europeos, desde los celtas hasta los griegos. Está claro que en los dos últimos siglos, a partir de la Revolución Industrial, y con la ayuda de la tipografía, las múltiples versiones de los cuentos principales se perdieron y se establecieron los clásicos, así como lo conocemos. Lo que poca gente ha llegado a pensar es, que estos mismos inocentes relatos, simbolizan algo más profundo; la Caperucita Roja viene a contar la historia de la primera menstruación en el ciclo hormonal de una mujer, mientras que Las habichuelas mágicas se cuenta a los niños para superar su miedo en el primer día de la escuela. Y así siguen todos, con la Cenicienta contando el transito desde la vida protegida a la vida adulta y etc.

Pero no es allí donde acaba el simbolismo de los cuentos. Como narraciones vivas e imaginarias penetran en la formación del imaginario occidental, estableciendo iconos, comportamientos aceptables y señalizando otros como abyectos, odiosos y castigables. Cada palabra, cada sintagma articulado, pronunciado o escrito, parece haber influido en lo que se concibe que es “la verdad”. Cada narración genera siempre nuevas interpretaciones en función de los contextos y las circunstancias. El lenguaje de los cuentos no se preocupa de registrar solo lo que es “verdadero” y todo lo que se ha dicho socialmente, sino también todo lo que se ha aceptado como imaginario: lo “correcto” y lo “puro”. Y de esa manera los cuentos cumplen la misión encomendada a sus orígenes: señalar el mundo para establecer la manera de adecuar la vida en él; para poder encuajarse de él.

Y estos modos de estar en el mundo se han disparado desde la gran industria de las fábulas de Andersen, de los hermanos Grimm, pero de manera brutal desde las ilustraciones del mundo Disney. Toda la diversidad, la violencia y la realidad cruda que habían empapado las narraciones orales de los cuentos, se han visto aniquiladas bajo el manto de la perfección, de la bondad y del happy end, que han impuesto los grandes rescatadores de los cuentos. Los vestidos de princesa, las hadas madrinas y los tesoros escondidos han eclipsado las decisiones transcendentales que tuvo que tomar Cenicienta al comer a su madre, los castigos inhumanos que tuvo que sufrir Pinocho para no mentir y la expulsión de la Caperucita Roja de su pueblo porque se atrevió a probar su sexualidad antes de su menstruación.

De manera que nos hemos quedado huérfanas de imaginarios no correctos, imaginarios que atraviesan los cánones establecidos y proponen una mirada crítica a la formación de la familia, a la construcción del cuerpo y a la exploración de la sexualidad. Una de las características que desde siempre se ha considerado universal y por tanto verdad en el pensamiento occidental ha sido la heterosexualidad, no tanto como práctica sexual, sino más bien como sistema donde se inscribe la vida social y económica. Casarse y tener hijos/as, que a su vez se casen y los tengan, ha sido, sin duda la conducta del gran conjunto de la población, apoyada evidentemente por los regímenes religiosos – cristiandad, islam y judaísmo – de manera indudable. Y esta práctica de núcleo estable y reproductor sigue vigente aún en nuestro imaginario. La obsesión por la maternidad sigue presente en nuestro entorno cultural. La idea de que una mujer no es verdadera sino es madre, está profundamente arraigada en nuestra sociedad.

Una revisión crítica de los cuentos tradicionales posibilita analizar los valores culturales, a través del choque que genera la mirada perversa. En esta sección se han elegido dos cuentos populares: Blancanieves y Pinocho. Por un lado, en Blancanieves, se nos permite invadir el imaginario desde una posición feminista, entrecruzando las ficciones vivas de género, clase, sexualidad y raza. Por otro, el caso de Pinocho, nos vemos obligadas a cuestionarnos sobre la verdad, el cuerpo humano en contraposición del de ciborg y la normalización y discriminación de las diferencias.

En Blancanieves se vuelve obsesiva la representación y la repetición de la blancura, la limpieza, la juventud y el orden como características asociadas a la bondad, la belleza y la pureza. El carácter femenino aceptado encarna la clase media alta y su encubierto racismo contra cualquier impureza. En otro nivel, la sexualidad desaparece, el cuerpo de Blancanieves esta siendo tomado, secuestrado, siempre deseado pero nunca deseante: no se expresa la voluntad de libre sexualidad, la decisión de manejar su cuerpo como ella lo desea.

En la reconstrucción de este cuento hemos querido dar la vuelta, planteando la hipótesis qué pasaría si la buena mujer y mala – la madrasta – se hicieran amigas, tan amigas que se enrollasen, y más ¿cómo sería si partiéramos de una Blancanieves narcisista? El espejito mágico podría ser el espejo lacaniano de la verdad y se transformaría en Sr. Google poderoso. Entonces, el Cazador piadoso sería un voiyeur violador y el Príncipe sería salvado él mismo de la tiranía de su masculinidad. La casa limpia y ordenadita de los Siete Enanos sería el palacio de los Siete Pecados Capitales, una mazmorra dónde dejar al Cazador cazado, dónde quedarse a vivir felices para siempre y obviamente meterse las perdices por dónde quieran.

En Pinocho el tema central es la verdad y la mentira. La verdad se proclama triunfadora encima de la mentira que trae consigo las desagracias. El niño que quiere ser adulto, que quiere integrarse porque es diferente, acepta que tiene que someterse sumisamente en la normalización que los otros le piden. La conciencia como algo exterior vuelva a repetir la incapacidad del Pinocho de ser como los demás, su constante tiranía de hacer lo que es debido, anula todas las posibilidades de pensar de manera diferente. La sexualidad una vez más le es negada, tanto como el privilegio de ser llamado un chico de verdad. Este cuento no parte de la clase privilegiada, alta y poderosa, sino más bien desde el marginado que logra a ser incorporado en los senos de la sociedad, pagando el módico precio de perder su originalidad, su identidad auténtica.

Reconstruyendo el cuento nuestra imaginación se ha desbordado, imaginando la nariz del feliz Pinocho como una prótesis de placer y una herramienta de bien social. Invertimos el enfoque y pensamos que pasaría si el grillo conciencia se viera como una hada madrina del feminismo disciplinar, Celia Amorós, que le exigiera que no dijese más mentiras, que aprendiera a valorar la verdad. Verdad que se cuestiona en qué maneras y por quién se construye, desde Platón hasta Frantz Fanon. La segunda madrina entonces, debería ser Annie Sprinkle y sus prácticas pornográficas, el empoderamiento del Pinocho llegaría por Donna Haraway y su manifiesto ciborg y el cuento acabaría con una feliz y loca orgía del anfitrión Pinocho que con mucho gusto ofrecería placer sexual con su prótesis, con su máquina, con su herramienta de supervivencia: su nariz y su mentira.

En la realización de las reconstrucciones hemos optado tratar el tema como una parodia, huyendo de la hipocresía del academicismo y su doctrinas. Hemos ido a por un modo punk, do it yourself en una estética cutre y desenfadad para hacer este ejercicio del pensamiento libre y crítico. Os animamos a intentarlo en casa y compartirlo con los amigues!

Podéis disfrutar del cuento de Pinocho en formato audio y el cuento de Blancanieves en representaciones en video

Autor de la imagen: Javier García Ureña

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